Si hay un acontecimiento que puede marcarte de por vida, sin lugar a dudas, éste es el nacimiento de un hijo. El jueves de la semana pasada nació Claudia, mi primera hija. Ha sido una experiencia que cada vez que la repaso en mi mente, me hace estremecer de placer y nerviosismo. De hecho, hay imágenes grabadas en mi mente de tal forma que puedo revivir las sensaciones que nos envolvieron. Me gustaría relataros lo que viví para compartir con vosotros ésta experiencia tan increíble.Fue un día muy largo. Nos acostamos tarde el día anterior al venir de la celebración de mi cumpleaños. A eso de las 5:00 de la mañana mi mujer empezó a sentir las primeras molestias. No le dio importancia hasta las 06:30, momento en el que yo me desperté al verla agitada y nerviosa. Me acordaré siempre del comentario que me hizo al despertarme: "Creo que hoy no vamos a ir a trabajar". Se activó en mí un resorte de alarma que me hizo salir disparado de la cama a pesar de lo mucho que me gusta hacerme el remolón.
A pesar de que debía estar preparado para la situación dada la evidente proximidad del momento, todos lo nervios de la espera de las semanas precedentes, toda la ilusión por ver como es el nuevo miembro de la familia y toda la incertidumbre de la nueva experiencia, se apoderaron de mí, haciéndome actuar como el padre primerizo que en los cursos preparto nos presentaron como prototipo (y de los que yo mismo no daba crédito de lo torpe que se volvían).
A pesar de que debía estar preparado para la situación dada la evidente proximidad del momento, todos lo nervios de la espera de las semanas precedentes, toda la ilusión por ver como es el nuevo miembro de la familia y toda la incertidumbre de la nueva experiencia, se apoderaron de mí, haciéndome actuar como el padre primerizo que en los cursos preparto nos presentaron como prototipo (y de los que yo mismo no daba crédito de lo torpe que se volvían).
Corrí arriba y abajo, preguntándole a mi mujer constantemente como estaba y cogiendo las bolsas y elementos necesarios para el hospital (que afortunadamente, teníamos preparados en la entrada de casa una semana antes). Cogí apresuradamente el despertador que tenemos en la habitación y cada vez que veía como cambiaba de expresión mi mujer, anotaba en el móvil la hora de la contracción. Efectivamente, eran cada 5 minutos y llevábamos más de una hora con ellas, así que, siguiendo instrucciones del manual de "padres primerizos", cargué todo en el coche, ayudé a mi mujer a subir y, como había empezado a contar las contracciones con el despertador, me lo llevé para contarlas siempre con el mismo reloj (consejo para futuros padres primerizos: contad las contracciones con el reloj de vuestra muñeca y no con el despertador; es más cómodo...).
Una vez en la carretera, empezó la primera de las peticiones que hice ese día al de allí arriba a ver si conseguía oírme: que no haya un gran atasco en el Nus de la Trinitat! Bueno, parece que se apiadó de nosotros y la verdad es que "sólo" tardamos 35 minutos en cruzar el puente de Santa Coloma.
Llegamos a la clínica a las 09:00 de la mañana. Pedimos a una comadrona que hiciera las pruebas porque creíamos que íbamos de parto. Entonces, llegó la pregunta fatídica: "Es el primero?" Obviamente, ante nuestra confirmación, la respuesta fue, "iros a casa y que ella se tome un gelocatil para el dolor". Contrariados, fuimos al bar del hospital a desayunar para irnos de nuevo a casa. En el transcurso de tomarnos un café con leche, las dichosas contracciones hicieron acto de presencia de forma cada vez más dolorosa, así que volvimos a ir al área de partos a que volvieran a considerarnos en cuenta. Superamos la mirada contrariada y acusadora de la comadrona que nos atendió la primera vez y conseguimos una segunda comadrona que nos confirmó que mi mujer tenía contracciones (No me diga!) y que íbamos de parto. Eran las 10:00 de la mañana: todo un record!! De irnos a casa a las 09:30 a estar de parto a las 10:00!!
Entramos en sala de dilatación. Pedimos epidural y mientras llegaba, cogía fuertemente la mano de mi mujer para ayudarla a soportar el dolor. Respiraba aceleradamente con ella en los momentos de mayor exigencia y le calmaba cuando había un descanso. Me sentí impotente y angustiado: la mujer a la que amo se doblaba del dolor y yo no podía más que darle mi mano para que la pudiera apretar con fuerza.
Ya más tranquilos con la llegada de la bendita anestesia, pudimos dedicarnos los últimos momentos Pre-papás a mirarnos a los ojos, decirnos que nos queremos y desearnos que todo fuera lo más rápido posible.
Me vistieron como de cirujano (camisola y pantalón verde, peucos para los pies y gorrito con agujeritos en el pelo) y de esa güisa, como el Dr. Bilches, entré en quirófano donde nos esperaba la recta final de esta aventura.
Tardó solo 15 minutos en salir. Fue increíble y tuve la suerte de poder verlo todo: como salía su cabecita, como empezó a gritar antes incluso de sacar los brazos, como se adentró a este mundo gracias a el último empujón que le dio mi mujer. Para mí, como hombre, el hecho de poder asistir a un proceso del que físicamente estás completamente al margen desde el mismo momento en el que te enseñan el test de embarazo con el resultado positivo, ha sido el mejor regalo que he podido recibir.
La limpiaron y se la dieron a mi mujer para que la apoyara en el pecho. Durante los segundos que duró el primer abrazo entre madre e hija, cuando el sudor, el sufrimiento y el dolor dieron paso a la ilusión, a la ternura y a la alegría, se grabó a fuego en mi corazón una imagen tan embriagadora que cada vez que cierro los ojos y la recuerdo me invade tal sentimiento de emoción, de ganas de llorar y de reír, de abrazar y de amar, que os puedo asegurar que, para el resto de mi vida, guardo en mi interior un genuíno granito de pura felicidad.
Una vez en la carretera, empezó la primera de las peticiones que hice ese día al de allí arriba a ver si conseguía oírme: que no haya un gran atasco en el Nus de la Trinitat! Bueno, parece que se apiadó de nosotros y la verdad es que "sólo" tardamos 35 minutos en cruzar el puente de Santa Coloma.
Llegamos a la clínica a las 09:00 de la mañana. Pedimos a una comadrona que hiciera las pruebas porque creíamos que íbamos de parto. Entonces, llegó la pregunta fatídica: "Es el primero?" Obviamente, ante nuestra confirmación, la respuesta fue, "iros a casa y que ella se tome un gelocatil para el dolor". Contrariados, fuimos al bar del hospital a desayunar para irnos de nuevo a casa. En el transcurso de tomarnos un café con leche, las dichosas contracciones hicieron acto de presencia de forma cada vez más dolorosa, así que volvimos a ir al área de partos a que volvieran a considerarnos en cuenta. Superamos la mirada contrariada y acusadora de la comadrona que nos atendió la primera vez y conseguimos una segunda comadrona que nos confirmó que mi mujer tenía contracciones (No me diga!) y que íbamos de parto. Eran las 10:00 de la mañana: todo un record!! De irnos a casa a las 09:30 a estar de parto a las 10:00!!
Entramos en sala de dilatación. Pedimos epidural y mientras llegaba, cogía fuertemente la mano de mi mujer para ayudarla a soportar el dolor. Respiraba aceleradamente con ella en los momentos de mayor exigencia y le calmaba cuando había un descanso. Me sentí impotente y angustiado: la mujer a la que amo se doblaba del dolor y yo no podía más que darle mi mano para que la pudiera apretar con fuerza.
Ya más tranquilos con la llegada de la bendita anestesia, pudimos dedicarnos los últimos momentos Pre-papás a mirarnos a los ojos, decirnos que nos queremos y desearnos que todo fuera lo más rápido posible.
Me vistieron como de cirujano (camisola y pantalón verde, peucos para los pies y gorrito con agujeritos en el pelo) y de esa güisa, como el Dr. Bilches, entré en quirófano donde nos esperaba la recta final de esta aventura.
Tardó solo 15 minutos en salir. Fue increíble y tuve la suerte de poder verlo todo: como salía su cabecita, como empezó a gritar antes incluso de sacar los brazos, como se adentró a este mundo gracias a el último empujón que le dio mi mujer. Para mí, como hombre, el hecho de poder asistir a un proceso del que físicamente estás completamente al margen desde el mismo momento en el que te enseñan el test de embarazo con el resultado positivo, ha sido el mejor regalo que he podido recibir.
La limpiaron y se la dieron a mi mujer para que la apoyara en el pecho. Durante los segundos que duró el primer abrazo entre madre e hija, cuando el sudor, el sufrimiento y el dolor dieron paso a la ilusión, a la ternura y a la alegría, se grabó a fuego en mi corazón una imagen tan embriagadora que cada vez que cierro los ojos y la recuerdo me invade tal sentimiento de emoción, de ganas de llorar y de reír, de abrazar y de amar, que os puedo asegurar que, para el resto de mi vida, guardo en mi interior un genuíno granito de pura felicidad.Muchas gracias a todos por vuestro cariño, compañía y apoyo!



