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miércoles, 26 de septiembre de 2007

El pastel de chocolate


El pasado miércoles celebré mi cumpleaños. La verdad es que me gusta mucho celebrarlo con una buena cena rodeado de mi familia y amigos y un buen pastel de chocolate. Mi mujer fue la que me enseñó a disfrutar de la celebración del día en el que vine a este mundo porque me mostró que ése día representaba una excelente oportunidad para reflexionar sobre mí mismo, los seres queridos que me rodean, el pasado y el futuro; en definitiva, que es un buen momento para poner en la balanza lo mejor y lo peor y, mientras esperas el veredicto de la voz de tu conciencia, compartirlo con quienes sacrifican su tiempo por estar a tu lado.

Mi momento especial es cada vez que me toca soplar las velas. Existe un delicioso instante durante ésta tradicional ceremonia en la que me propongo a mí mismo una nueva imagen de mí, aquello que me gustaría conservar y me gustaría cambiar, como una evolución de mí mismo, de mi relación con quienes me quieren y el mundo que me rodea. Siempre me ha hecho ilusión esa sensación de creación y de comienzo, de contemplarte a ti mismo como te gustaría ser y degustar el cosquilleo en la barriga de poder conseguir esas metas.

Son los momentos del "me gustaría...", "y si hiciera...", "como disfrutaría si...". Es como volver a nacer. Me permito proyectarme en mi imaginación, embarcarme en una góndola por los tortuosos canales del futuro y dejarme llevar por todas las diferentes vías que mi conciencia, mi fiel guía, me sugiere al oído con su inestimable fuerza y ardor.

Después, claro está, soplo las velas, y mientras la gente de mi alrededor aplaude y me felicita, yo siento como el sueño se aleja y deja paso a la responsabilidad conmigo mismo de tener que luchar en la vida real por conseguir acercarme a aquél. La luz de las velas deja paso al humo del fuego apagado que asciende en el aire dejando tras de sí ese agradable olor a esperanzas recién nacidas.

A continuación, suelo sonreír hacia mi interior y mirar hacia los ojos de mi mujer. Éstos me entienden, como yo los entiendo cada vez que ella sopla sus velas en su día. Y al final, todos los reunidos, compartimos pensamientos no pronunciados mientras nos envuelve el dulce sabor a chocolate del pastel de cumpleaños.